En el bar El Limbo de San José de Los Choros…

Al norte de La Serena, más cerca de la lengua seca del Desierto de Atacama, a 24 kilómetros de la carretera hacia el mar, encuéntrase una pequeña arboleda, alimentada por napas subterráneas de aguas. Antes de llegar al poblado, débase bajar por quebradas pedregosas, por cerros secos y blandos, por un camino descuidado y haraposo, por un paisaje que suele alterarse cuando un piño de cabras bordea alguna cumbre y por una atmósfera marina cargada de yodo y graznidos.

Al entrar a San José de Los Choros, por sus calles pequeñas y polvorientas, inmediatamente se siente el peso de Dios, el verdor de los olivos, la sencillez de la gente y los cerros de pircas, los cuales invitan al reposo, a la meditación cósmica, a encontrar dentro del alma los motivos que desbordan en el hombre. Una iglesia hermosísima recibe: adentro de la nave te recoge la madera, el altar con flores frescas y el silencio inmenso como el ala de los pájaros que te convoca a elevarte. Afuera, la iglesia San José estira su rebozo de anciana hacia la plaza; y ésta, como un perro al mediodía, permite que transeúntes y gorriones se asoleen. Por el otro lado de la plaza está la Fuente de Soda: “El Limbo”. Allí, el pueblo socialista oxidado ahoga penas y esperanzas, sortean los fines de semanas, hablan de las aceitunas sevillanas, de las promesas venideras, de un diputado fantasma que fue a buscar votos y nunca más volvió y de la próxima campaña electoral. Las paredes del “El Limbo” invitan al relajo y a la fantasía en medio del olor a pescado frito. Desde afuera, una madre busca algún ángel caído por la embriaguez.

Dos cementerios acompañan al pueblo. Las familias son casi cincuenta, tanto adentro como fuera de los cementerios: Zarricueta, Barrera, Morales, Vergara, Araya y Seura. El cementerio antiguo está sobre una loma y es un patio más, donde todavía vienen los habitantes a descansar e informar de los oficios de la vida. El cementerio nuevo está hacia el norte del pueblo: tiene un sendero donde los lugareños van a pie a dejar a los nuevos residentes. Una cañería de plástico atraviesa todo el sendero, para estacionarse en una orilla, y así el agua fresca está siempre disponible. Hay que abrir una puerta vigilada solapadamente por un candado semi-abierto, para entrar; y, ya adentro, usted puede dejarse gobernar por la paz, por los recuerdos y la limpieza, rodeado por los ritos ancestrales. Finalmente, nos alejamos del cementerio, con la fuerte promesa de volver, incitados por el no pago por una fosa o un nicho artesanal, lo que dignifica la osamenta y alienta el soplo.

Hacia el sur del pueblo, gorjean, en un microclima cálido y seco, las huertas. Se aprovecha las napas subterráneas de un río, y me confidencia el alcalde, Efraín Alegría: el agua está asegurada. INDAP, SENCE y otros organismos internacionales llevan adelante un sorprendente programa, respecto al olivo, al abastecimiento del agua y al desarrollo de la autogestión. La alfalfa huele al suave viento. Los gorriones bailan y cantan en la copa de los árboles. Y se achatan los olivares con su fuerza negra. Los frutales, las verduras, los animales domésticos andan por esta tierra, como un pulmón verde que respira y genera una música que se otea pecho adentro.

En el oeste, se encuentra navegando el mar más frutoso de Chile: playas larguísimas, tibias, espumosas como una cerveza tomada en la barra del “El Limbo”. El pajarerío te invita a volar; éntrate oxígeno al espíritu, invitándote a correr por esas arenosas playas y a bañarte en sus plateadas aguas que vienen a descansar en oleajes de mansedumbre.

Al noroeste, está Punta de Choros, rodeada por tres maravillosas islas: Gaviota, Choros y Dama. Y, rodeada, también, por roqueríos, conchales; por una selva marina, y por un mirador que pone a tus ojos a columpiarse en un horizonte dorado. El sector es árido y arenoso, pero tremendamente potencial, ya que esta zona puede generar un turismo más libre y económico, con espacios abiertos y buenos para las prácticas marinas y deportivas. Además, la Comuna de La Higuera —de Pedro Pablo Muñoz Godoy—, para salir de su pobreza o a lo menos para volver a su época dorada de cobre y revoluciones tendrá que mirar hacia el futuro, y ése se encuentra en su mar límpido y libre de contaminación.

Al volver a Punta de Choros, la camioneta transpira en los arenales y, obligada a piruetas, logra salir de ese pequeño pero infernal trayecto. Ya en territorio duro, miramos hacia atrás y descubrimos miles de huellas dejadas por visitantes poco expertos. Restos de un gran naufragio y cruces desafían al viento playero. Bordeando el mar, saboreamos nuevamente la inmensidad, la pureza del aire y la tranquilidad cuando se sabe cuerpo adentro que se obra bien y se saben los contenidos del vivir. Para la cabra, volver a sus parajes es como una piedra que se niega a desprenderse de la montaña.

La tarde en San José de Los Choros huele a pan amasado; el caldero tuesta lapas, almejas y choros, y se estira en la mesa un mantel; vienen las aceitunas y el café a traer viajes por estaciones antiguas y difíciles de olvidar. Los pájaros, como niños, buscan abrigo, alimentos y astillas para construir nidos. Frente a la casa de Fernando Barrera, una bandera del Partido Radical ya no ondea, y una vieja camioneta cuida la entrada a la casa de un concejal de La Higuera. Un anciano que vuelve de los huertos saluda con su mano áspera y sigue su andada con los compases de la vejez. Un acólito de las iglesias rurales viene a explicar las nuevas fórmulas para que los feligreses cooperen y vuelvan a santificarse. Sentado en la vereda empiezo a ver caer la larguísima tarde, como bajan los recuerdos al pozo de la infancia, y solitario me voy al mundo de Peter Pan, donde mi madre barre la pobreza y reza el Ave María. La radio me despierta con las noticias rurales, mensajes y anuncios: “voy el lunes, espérame con el caldero”.

Hay en el pueblo una escuela modesta que urge de una biblioteca. Hay una radio que melosamente acaricia el tranquilo y ágil quehacer de la gente. De repente, el ruido de un motor estremece las escasas calles como hojas que voltea el invierno; pero, luego, todo vuelve al silencio que duele en los oídos. Hay luz eléctrica, lo que la niebla de la tarde convierte al pueblo en una nave estrellada. Hay agua potable. San José de Los Choros se encuentra en lo más profundo y verde de la quebrada, pero como una mujer se ensancha frente al mar. Se parece al espíritu general de Atacama en sus esfuerzos y costumbres, en su música y memoria, en su melancolía y generosidad; y, fundamentalmente, en su gente rebelde que tiene una cuota grande de héroes y exiliados.

Y tendrá que salir del fondo de su vientre acuático, el fruto salvador de un territorio que está cansado de la intemperie, de las malas autoridades, que todo es depredable; sin embargo, es un pueblo deseoso de florecer cuando amanece el nuevo siglo. En el horizonte enrojecido de estas tierras de yodo y cobre, mientras esperamos a “La Colorina”, puedo ver avanzar; atisbo que se acerca en su caballo blanco con pasmosa certeza a “El Limbo”, el Comandante de los Igualitarios, Pedro Pablo Muñoz Godoy. Pareciera que no estamos muertos cuando los perros bostezan a las gaviotas.

Arturo Volantines

Publicado originalmente en Movimiento Generación 80, bajo el título “En el bar El Limbo de San José de Los Choros y de Punta de Choros en la Comuna La Higuera de Pedro Pablo Muñoz Godoy

 

       



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